Historia de "La Parrala"

La historia de La Parrala

La postguerra en España y en el aire aquel estribillo, pegadizo y juguetón, que sonaba en todas las radios de los hogares, la letrilla que todo el mundo tarareaba, la música que se silbaba por las calles y los cantos que las niñas entonaban en el juego de la rueda. Aquella feliz copla no era más que una crónica detallada de la España más negra del siglo XIX.

Sus estrofas encerraban la trágica historia de La Parrala, la cantaora flamenca más genial en el cante por siguiriyas, aquella que tenía su persona marcada por la desgracia, por el pecado, por la burla, la pasión, la noche y la sangre de sus amantes. La Parrala de la copla fue una fiera de dos cabezas: la de Trini y la de Dolores; su letra unificaba y mezclaba la historia y leyenda de ambas sin llegar a saber cuánto hay de una y cuánto de la otra.

“Que sí, que sí, que sí, que sí,

que a La Parrala le gusta el vino.

Que no, que no, que no, que no,

ni el aguardiente ni el marrasquino…”.

En 1845 nacía en Moguer (Huelva) Dolores Parrales Moreno, conocida en los escenarios de los cafés-cantantes como “La Parrala”, sobrenombre artístico con el que también sería bautizada su hermana Trinidad, menos conocida, siempre en la sombra y eternamente atacada por “su voz demasiado dura”.

La Parrala fue uno de los nombres más imprescindibles en las noches de cafés-cantantes y colmaos andaluces. Se dijo de ella que era la mejor y más general cantaora de todos los tiempos, despertando la admiración de todo el mundo. Seguidora de Silverio, La Parrala actuó por toda España y también en Paris.
Pero si su arte motivaba ciento de comentarios, su vida despertaba con mayor fuerza las lenguas de doble filo. La duda siempre planeó sobe la vida de La Parrala, una mujer siniestra, llena de incógnitas, de afirmaciones sorprendentes y escabrosas y de enigmas que jamás se llegaron a resolver.

Decían de ella que tenía una belleza capaz de hipnotizar a los hombres, con los que jugaba y dominaba al igual que con su arte. La silueta de su semblante en los oscuros escenarios de los cafés-cantantes, de los colmaos despertaban los deseos de sus admiradores, que agotaban sus fuerzas sin obtener respuesta de ella.

Mucho se hablaba de sus amantes y del desenlace trágico que estos tenían, siempre arrebatados por la locura… un juego de sumisión que la llevó a ser considerada la venganza de las mujeres sufridoras hecha carne…
Los rumores forjaron al personaje, que la muerte convirtió en Mito y de ahí a la leyenda. Una historia que desempolva los ambientes nocturnos envueltos de pasiones, alcohol, flamenco y sangre; el cuento que todo el mundo contaba y que jamás nadie quiso dejar constancia de ello.

La Parrala estuvo casada con el guitarrista Paco el de Lucena, pero la leyenda narraba otra historia distinta, quizás relacionada con su hermana Trini. No se sabe. Esta historia le atribuía el amor de un industrial, un hombre que la seguía en todas su actuaciones y que consiguió despertar el amor de la cantaora, más por su poder que por su persona…